1.11.07

Límites y Disciplina en la Crianza

Límites y Disciplina en la Crianza
por Sandra Bear de Kaufman. *
Caracas, Mayo 2007.

La crianza de los hijos no es una tarea nada fácil. Si bien a veces puede ser satisfactoria y darnos alegrías, otras veces puede generar sentimientos de rabia, angustia y hacernos sentir inadecuados como padres. Comúnmente, las situaciones de indisciplina e irrespeto a la norma en niños y adolescentes producen sentimientos en nosotros los padres de frustración e impotencia por no saberlas manejar. Es así como los padres sienten, que los hijos no los escuchan, que los desobedecen y que además terminan haciendo lo que ellos quieren aún bajo sus reprimendas, parece que siguiendo cierto impulso propio o ideas muy personales.¿Qué hacemos entonces para enseñarlos a obedecer y a la vez no perturbar su autonomía? En la charla de hoy intentaremos aprender a colocar límites y normas claras a nuestros hijos de manera de hacer de ellos personas responsables de sus actos y más respetuosas hacia los demás.

En principio es importante conocer que venimos al mundo dotados de instintos. Está el instinto amoroso, el impulso a conocer y los impulsos agresivos destructivos. De la particular integración de estos instintos va a depender nuestra salud mental y corporal. La gran tarea de los padres va a consistir en enseñar a los hijos la defensa y el disfrute de la vida en todos sus aspectos, emocional, intelectual, espiritual, social y físico, siempre con el criterio de realidad presente.

Desde muy temprano en la vida se puede ver el impulso a crecer, a aprender, a saber más sobre la realidad que nos rodea. Por ejemplo, un bebé que reclama el pecho con llanto fuerte, ayuda a entender a la madre su angustia ante la sensación de hambre. La madre entonces, responde brindando el alimento en forma amorosa y contrarresta los sentimientos de angustia, comenzando a establecerse el sentimiento de confianza básica, que lo acompañará de por vida. En estas primeras etapas, el amor y el cuidado de los padres son fundamentales para que el pequeño comience a organizar su mente y a saborear el placer por la vida. La disposición a aprender se cimienta en esto, es por ello sumamente importante respetar y no coartar el impulso a saber y el impulso a amar porque son los instintos fundamentales para la vida.

Desde esta primera relación con la madre, el niño comienza a tener conciencia de su autonomía, puede darse cuenta de sus propias capacidades para actuar sobre sí mismo y sobre el ambiente. Irá conquistando su autonomía hasta percibir la sensación de dominio y autocontrol. Este es un proceso complejo en el que la disposición emocional de los padres podrá facilitarlo o inhibirlo.

Al comenzar a gatear y después a caminar, el niño pequeño comenzará a vivenciar sus primeras experiencias claras de autonomía. Buscará la mirada aprobadora o reprobadora de los padres ante cualquier situación novedosa.

Podrá encontrar unos padres que lo estimulen a explorar el medio ambiente o unos padres que le transmitan inseguridad llegando a inhibir sus tentativas sanas de separación. El mensaje transmitido en forma conciente o inconsciente dirá: “No te alejes, es peligroso, si lo haces no me quieres o no te quiero” ó por el contrario, “ve, explora, aquí estoy si necesitas ayuda”. Lo indicado, que sería el estímulo para la separación, exploración, conocimiento, en la medida en que el hijo esté preparado para ello en función de sus pautas evolutivas y características propias, es a veces difícil de discernir para los padres. Surge la pregunta: ¿Hasta donde permitir autonomía?

Desde muy pequeños se introduce el “NO” en la realidad de los niños, “no te metas eso a la boca”, “no lances los juguetes”, es así como se comienzan a marcar los límites a la autonomía del niño. Poner límites significa inculcar la noción de realidad. Esto es un aspecto estructurador, tranquilizador y amoroso para con los hijos, ya que les enseña que como seres humanos no somos ilimitados, tenemos dentro y fuera de nosotros mismos limitaciones y límites. Si esto no se aprende se va por la vida atropellando a los demás y a sí mismos, creyéndose todopoderosos, haciéndole daño a los seres queridos y metiéndose en problemas.

Alrededor de los 8-9 meses el incipiente desarrollo del área afectiva e intelectual del niño no le permite recordar e interiorizar las normas, por lo que amerita la constante presencia y recordatorio verbal o gestual de los padres para acatar los límites. Por lo tanto, habrá que alejar al pequeño las veces que sean necesarias de los peligros, porque él no tiene conciencia de esto, ni recuerda lo que le han dicho.

Posteriormente, entre el año y dos años de edad, se interiorizan ciertos límites y normas claras y sencillas, aquellas ambiguas no son capaces de captarlas. Es así como el control externo, va dando paso a una prohibición parcialmente interiorizada. En un ejemplo cotidiano, el niño conoce y recuerda que no debe tocar los adornos, pero mira a la madre antes y si ésta no se da cuenta, los tocará hasta que ella le ponga el límite. Sucede que su deseo de conocer todo lo que está a su alcance y en ocasiones su impulso agresivo, no le permiten respetar las normas en ausencia de los padres, a pesar de conocerlas.

En la etapa preescolar, la aparición de la función simbólica le permite mantener en su mente, una representación relativamente estable de las normas; ya no sólo será el temor a ser descubierto lo que lo limite, sino su propia conciencia. Sin embargo, la falta de control adecuado de los impulsos lleva al niño a actuar ciertas conductas no permitidas, siendo necesario aún los límites externos de padres, maestros o cuidadores para encauzar sus impulsos. La tolerancia a la frustración generalmente es baja en estos momentos de la vida, por lo que una respuesta que transgreda los límites es común si no consigue lo que quiere. El proceso lleva tiempo, y a veces los padres creemos que con una o dos veces que le digamos a los hijos una norma se la grabarán en su cabeza, pero en este, como en otros procesos, existen progresos y retrocesos...hay que tener paciencia y constancia.

Después de los 7 años, la estructuración del lenguaje y el mayor desarrollo del área intelectual transforma las experiencias anteriores, externas e internas, en una verdadera “voz de la conciencia” que acompaña al escolar en sus actos y pensamientos. Si en ocasiones no actúa de acuerdo a estos límites y principios internalizados, le atacará el sentimiento de culpa y en el mejor de los casos, el deseo de reparar los daños causados. Digo esto, porque en otros casos lo que puede ocurrir es que el niño se llene de ansiedad, se ponga hiperactivo y no nos demos cuenta que lo que lo genera es la culpa por algo que hizo o que cree que causó. (Por ejemplo, el divorcio de los padres, la muerte de un hermanito.)

Una vez entendido el niño a través de sus etapas evolutivas, la situación de cuándo y cómo limitar se facilita. Sin embargo, a veces creemos estar haciendo lo correcto y aún así aparece la rebeldía y la desobediencia. Debe entenderse entonces que los límites generan frustración y la frustración genera rabia, lo que puede alimentar una conducta oposicionista y testaruda. Debe elegirse la conducta a reprobar, ya que constantes regaños por infracciones menores hacen que el niño experimente la sensación de desaprobación de sí mismo, se siente un “niño malo”. Lo que se rechaza debe ser la conducta o acción, no a la persona.

Ahora bien, hacer respetar los límites y la disciplina en la pre-adolescencia (9 – 11 años) y adolescencia es más difícil que cuando son pequeños. El adolescente ha desarrollado su capacidad para pensar, para cuestionar, así como la sana protesta a límites que no tienen sentido o a la autoridad rígida en la familia y muchas veces esto tiende a ser entendido como rebeldía. Debe reconocerse la rebeldía y el oposicionismo o terquedad para bloquearlos, haciendo tomar consciencia al muchacho de lo irracional de su conducta. Una de las formas en que el adolescente mejor acepta la disciplina es a través de la negociación. Esto quiere decir que no hay que estar continuamente reprimiendo a los hijos, sino que con respecto a ciertas conductas que esperamos de ellos en el hogar, se van a plantear convenios de manera que ambas partes lleguen a un acuerdo, ambas partes tendrán que ceder. Parte importante es establecer las consecuencias claras en caso de no cumplirse con lo decidido. De esta manera se le enseña que para poder tener privilegios y derechos, debe cumplir su palabra y sus responsabilidades. Además, esta es una manera de llegar a intercambios no destructivos con nuestros hijos, lo que quedará en su mente como ejemplo para todas sus futuras relaciones.

No es recomendable el castigo físico como forma de disciplina, ya que esto es interpretado como una manera de descontrol y de agresión por parte de los padres, que va a hacer del niño un adulto violento o sometido con resentimiento. La agresión genera descontrol, no autocontrol. Es preferible el control verbal y la prohibición de privilegios o derechos. Es importante preguntarse antes de disciplinar a nuestros hijos, si la actitud que queremos castigar es realmente irrespetuosa o es que nos están cuestionando como padres. ¿Les hemos dado un mejor ejemplo a seguir o somos nosotros también irrespetuosos y agresivos dentro del hogar? Debemos pensar antes de actuar para disciplinar, pero sí hay que disciplinar y poner límites porque son indispensables para la persona en crecimiento.

Para finalizar me gustaría recalcar que los límites y la frustración hasta un punto tolerable por el hijo son tan importantes como el amor para el desarrollo sano, favorecen la tolerancia, el respeto, la consideración y la gratitud, aún cuando los hijos reclamen y se molesten cuando se les coloca la norma. Sin embargo, es tarea de los padres revisar los límites impuestos y lo que se espera de los hijos y modificarlo con flexibilidad de acuerdo a la edad de los hijos y a sus características particulares.

*Psicólogo-Psicoanalista. Telf.:0414.1783608
E-mail:sandrabearkaufman@gmail.com